Planta 1
La Seu d’Urgell
Introducción
Nos encontramos en la exposición «La Seu d’Urgell», situada en la primera planta del museo. Esta exposición presenta la colección municipal a través de un recorrido que os permitirá seguir el hilo histórico de la ciudad: desde sus orígenes en la Edad de los Metales hasta hoy en día. La muestra destaca el mito de la fundación de la ciudad por Hércules, el esplendor medieval, las guerras de la época moderna y las luces y sombras de la época contemporánea hasta los Juegos Olímpicos.
La visita está ordenada siguiendo diferentes piezas, enumeradas del 1 al 21, que empiezan a mano derecha.
EL URGELL SIN LA SEU
Empezamos con la ilustración El Urgell sin la Seu (L’Urgell sense la Seu), que representa la llanura del Urgellet en la época de los primeros pobladores, antes de la Edad del Bronce.
El dibujo parte de una panorámica del dolmen simple de pizarra, llamado Cabana de Moros d’Avellanet, del término de Montferrer i Castellbò, y que es de tipo cámara pirenaica.
Esta obra de John Chien Lee, ilustrador museógrafo y diseñador gráfico especializado en la ilustración arqueológica e histórica, representa nuestro patrimonio prehistórico, en este caso el dolmen, un monumento funerario. El Alt Urgell es la segunda comarca catalana en número de tumbas megalíticas después del Alt Empordà, construidas en la Edad de Bronce inicial (hacia el final del siglo IV y mediados del II milenio a. de C.), entre el Neolítico Medio y la Edad de Bronce inicial, lo que evidencia la riqueza arqueológica de la comarca. La gran mayoría son dólmenes simples o cajas megalíticas.
En el Alt Urgell existe una gran variedad de dólmenes, pero el mal estado de conservación que suelen presentar y la falta de excavaciones recientes hace que sea complicado distinguirlos.
Seguimos el recorrido en el siguiente punto.
ILUSTRACIÓN DEL MESCLANT
Esta ilustración, obra de un cartógrafo militar del siglo XVIII, destaca la importancia de los dos ríos que atraviesan el Urgellet y confluyen en el Mesclant de les Aigües, a los pies de Castellciutat. El Valira y, sobre todo, el Segre, están estrechamente ligados a la historia de la Seu y a la memoria de los urgelenses. Ambos han sido fuente de vida, pero también de destrucción, a causa de los diferentes aguaceros registrados.
Pero, ¿de dónde proviene el nombre Ciudad de Urgell?
Según Joan Coromines, a nivel etimológico proviene del sufijo iberovasco ur-, «agua», el mismo que ha dado el nombre de ur- pueblo y arroyo con el sufijo –gi, que significa «aproximadamente», o sea «el poblado cerca del agua».
EL ACTA SOBRE LA FUNDACIÓN DE LA CIUDAD
Según la leyenda, la Seu fue fundada por Hércules el egipcio el 1699 a. de C.
Esta tabla de 1649 tiene grabado a fuego el relato de la fundación mítica de la Ciudad de Urgell por el héroe Hércules.
Este texto proclamaba que Hércules de Tebas, o el egipcio, héroe de la antigüedad, fundó la Ciudad de Urgell, la actual Seu d’Urgell, 1699 años antes del advenimiento de Cristo Redentor, 465 años después de la población de la Península Ibérica y 606 años después del diluvio universal. Cabe mencionar que lo que más interesaba no era la historia en sí, sino la transmisión de valores y símbolos que reforzaban el gobierno municipal y la oligarquía que lo controlaba. Unos años más tarde, en 1701, el gobierno de la ciudad encargó al pintor Ot Palol un cuadro que representara este suceso (también expuesto en la sala).
Más de dos siglos después, en 1846, el gobierno municipal revalidó este mito fundacional y añadió un párrafo en la parte inferior de la tabla.
HÉRCULES Y LA CIUDAD
Nos encontramos ante la obra Hércules y la ciudad, una de las piezas más interesantes de la colección del Espai Ermengol por su alto contenido simbólico.
El 1701, los cónsules de la ciudad —Francisco Sillar, Joseph Artigalàs, Miquel Rigió y Miquel Fuster— encargaron al pintor Ot Palol representar el mito de la fundación de la Seu d’Urgell por el semidiós y guerrero clásico Hércules el año 1699 a. de C.
Esta pintura al óleo sobre tela, procedente de la sala de plenos del Ayuntamiento, se divide en dos registros: el registro superior es un retrato del guerrero clásico Hércules, como imagen de buen gobernante, de pie y en posición frontal, que ocupa casi todo el primer plano; en la mano derecha sostiene una clava y con la izquierda nos señala imperiosamente el registro inferior mientras parece avanzar hacia nosotros. A la izquierda del cuadro observamos un ara clásica, en cuya parte superior aparece un cojín sobre el que reposan una corona y un cetro reales, mientras que en la parte frontal identificamos una inscripción latina que hace referencia a la fundación de la ciudad.
En el registro inferior, en primer término, destaca una llanura fértil y rica, donde varios personajes están trabajando la tierra, desplazándose por los caminos a pie y a caballo, disparando armas de fuego, etc. En segundo plano identificamos una ciudad amurallada, la Seu d’Urgell, recortada sobre un paisaje montañoso, así como varias fortificaciones. Sabemos a ciencia cierta que se trata de la Seu d’Urgell porque reconocemos edificios emblemáticos de la fachada de levante que se representan con gran fidelidad, como el convento e iglesia de San Agustín, el colegio e iglesia de los jesuitas, el palacio del obispo, la iglesia de San Miguel, la catedral de Santa María, la Casa de la Ciudad y el convento de Santo Domingo. En el último plano se dibuja una fortaleza militar, Castellciutat, sobre un paisaje montañoso.
Este origen fabuloso exaltaba la nobleza de la ciudad y la emparentaba con la dinastía de los Austria. En efecto, Hércules, además de ser el fundador de la Seu d’Urgell, era asimismo un antepasado del linaje de los Austria y el fundador de la monarquía hispánica. La presencia de la corona real reafirma la lectura en clave mítica y reivindicativa de las aspiraciones nobiliarias y políticas de la Ciudad de Urgell, que solo podían conceder los reyes.
Para saber más: este cuadro estuvo expuesto en el salón del Ayuntamiento, centro del poder y representación municipal, junto a una galería de retratos de reyes y reinas de la casa de Austria, como Felipe IV y María Luisa de Austria (perdidos) y el retrato ecuestre de Carlos II y de María Luisa de Orleans (perdido), acompañados de los escudos de armas de la monarquía hispánica.
TUMBA PALEOCRISTIANA
Probablemente, en el año 49 a. de C., la zona del cerro de Castellciutat se convirtió en una civitas tomada por una guarnición romana con el objetivo de controlar la colonización de los montes. Se constituiría un sistema de villæ en la llanura —donde hoy está la Seu— y algún tipo de instalación militar en la colina Ciutat. Con el tiempo, este modelo dual se consolidaría hasta el establecimiento del obispado de Urgell, que actuaba como cohesionador del territorio en un momento en que las ciudades romanas de Aeso (Isona) y Julia Lybica (Llívia) entraron en decadencia.
Las excavaciones hechas en la Seu van dibujando poco a poco este momento de transición entre el mundo antiguo y la Edad Media. Se ha descubierto una necrópolis paleocristiana donde hoy se encuentra el claustro de la catedral, así como un ara de altar que presidió quizás la primera catedral.
Este sarcófago paleocristiano, que data del siglo V, está compuesto por materiales propios de la construcción romana: 4 tégulas y 4 ímbrices que se hallaron en la excavación del año 1996 en el subsuelo del claustro de la catedral de Santa María.
Esta tumba es excepcional por ser la única de este tipo localizada en el Pirineo.
CRISTO CRUCIFICADO ENTRE SAN FRANCISCO DE ASÍS Y SANTA CATALINA DE SIENA
San Justo fue el primer obispo documentado del Urgell, en el año 531. A partir de ese momento, los ocupantes de la sede episcopal se fueron sucediendo ininterrumpidamente. No sabemos con precisión qué sucedió durante la dominación árabe. Muy probablemente habría algún tipo de control militar sobre la población, sin la consolidación de ningún establecimiento musulmán.
En el 793 se documenta la destrucción de la ciudad, después de una expedición de Abd-al-Malik hacia la Cerdaña. Poco tiempo después, entre el 800 y el 805, toda la región se puso bajo la protección de Carlomagno. En ese momento, el obispo Félix promueve la herejía adopcionista combatida por los teólogos de la corte carolingia.
La Seu, en las inmediaciones del año 1000, era un pequeño recinto en el que se alternaban campos de cultivo y viñedos con las casas y las iglesias del conjunto catedralicio. Los condes de Urgell se habían desplazado hacia el sur para luchar en la conquista de territorio musulmán, y la ciudad pasó a la jurisdicción de los obispos de Urgell. Con la llegada al obispado de San Ermengol en 1010, la ciudad inició un proceso espectacular de crecimiento acompañado de un ambicioso plan de renovación de infraestructuras, con la construcción de un sistema de puentes y caminos que facilitaría los intercambios norte-sur y que convertiría la Ciudad de Urgell en un centro comercial donde, en 1048, encontramos la primera feria documentada de la península.
El obispo Ermengol promovió asimismo la construcción de diversas iglesias y una nueva catedral en la ciudad. Un siglo más tarde, el obispo Odón, hijo de los condes de Pallars, inició la construcción de la catedral actual, cuyas obras se interrumpieron por un saqueo de los condes de Foix en los últimos años del siglo XII.
Para saber más: esta obra barroca, Cristo crucificado entre San Francisco de Asís y Santa Catalina de Siena, presenta varias figuras a los pies del Cristo rodeadas por un paisaje nocturno de profundas connotaciones simbólicas. En este paisaje nocturno con dos arquitecturas, una real y otra idealizada, se recortan los dos santos con el Cristo, desfallecidos y apoyados en los pies de la Cruz. La comunión con la divinidad es tan intensa que comparten sus tormentos: los estigmas traspasan las manos de San Francisco y la corona de espinas ciñe la cabeza de Santa Catalina.
La lectura mística del cuadro se completa con tres recursos. El primero, la oscuridad azulada que representa la noche de los sentidos, la renuncia y la penitencia que tienen como hito el resplandor que emana del crucificado. El segundo, la oposición entre el Jerusalén terrenal, a la izquierda, y el celestial, a la derecha. Y el tercer y último, una «vanitas» situada en primer plano, formada por unas azucenas, una calavera y un libro, símbolos, respectivamente, de castidad, penitencia y perfección evangélica, virtudes que adornaron la existencia de estos dos santos y los elevaron por encima del resto de los mortales.
La puesta en escena de esta pieza fue cuidadosamente elaborada y su calidad técnica no es nada despreciable. El pintor supo utilizar la fuerza expresiva de las asimetrías y las contraposiciones para potenciar el mensaje religioso de la imagen y conmover al creyente. La cruz ocupa el centro de la composición, mientras que los dos santos quedan desplazados hacia nuestra izquierda; la verticalidad de la cruz y la rigidez del cuerpo del Cristo contrastan con las posturas inestables y laxas de los dos bienaventurados en éxtasis. La gama cromática, muy contrastada entre los blancos, azulados y terrosos, recrea un clímax dramático muy adecuado al tema.
CIVITAS SEDIS
Acta de consagración de la catedral (s. IX – XI)
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EL PROYECTO DE RESTAURACIÓN DE LA CATEDRAL DE LA SEU D’URGELL
La catedral de Santa María es el edificio más emblemático de la ciudad, y la única catedral románica que se conserva íntegramente en Cataluña.
La iglesia es de planta basilical, con la nave central cubierta con una bóveda de cañón, y los laterales con bóvedas de arista. El templo, orientado a Levante, presenta un potente transepto rematado por dos grandes torres inacabadas. La cabecera está formada por cinco ábsides, de los cuales el central es el único que se proyecta al exterior.
El indudable interés arquitectónico de la catedral se ve enriquecido por un notable conjunto escultórico, concentrado en los capiteles del claustro, en la fachada occidental y en las aberturas de la catedral.
Construida sobre el emplazamiento de una catedral anterior, es la cuarta y última de una serie de catedrales que se levantaron en la Seu d’Urgell entre los siglos V y XII. Es considerada como la gran obra promovida por el obispo Odón de Urgell (1095-1122), que se prolongó durante buena parte del siglo. La construcción de la catedral continuó durante el mandato de sus sucesores y bajo la dirección de Ramón Lambard.
Las ampliaciones y reformas posteriores modificaron el edificio románico original. Partiendo de estudios arquitectónicos realizados por Sanz Barrera y Puig i Cadafalch a principios del siglo XX, la catedral fue objeto de restauraciones que finalmente le han devuelto un aspecto similar al que habría tenido en el siglo XII.
Nos encontramos ante la Copia del proyecto de restauración de la catedral de la Seu d’Urgell, una acuarela sobre papel del 1904, de Pasqual Sanz Barrera.
Para saber más: entre los años 1904 y 1906, el arquitecto Pascual Sanz Barrera presentó, en ocasión del concurso de la Sociedad Económica Barcelonesa de Amigos del País, la Monografía y restauración de la Catedral de la Seu d’Urgell, un trabajo exhaustivo que analizaba minuciosamente los aspectos técnicos y formales del edificio. Junto con el estudio monográfico, iniciado a mediados de septiembre de 1903, cabe mencionar una serie de planos que representaban su particular proyecto de restauración.
Destaca el último capítulo de la monografía, dedicado a la explicación de su propuesta de restauración. De acuerdo con el proyecto de Sanz Barrera, había que proceder primero al derribo de las estructuras adosadas y seguidamente a la restauración del aparato dañado por esos añadidos. A continuación se procedería a «terminar» la construcción de aquellas partes de la catedral que no habían sido nunca construidas, como la galilea y los remates de todas las torres y el cimborrio.
DELIMITACIÓN APROXIMADA DE LA SEU D’URGELL Y DE CASTELLCIUTAT ENTRE LOS SIGLOS XIII - XIV
Esta maqueta de la Seu d’Urgell y Castellciutat nos muestra el crecimiento urbano de la ciudad entre los siglos XIII y XIV. La consolidación como centro comercial y de intercambios provocó el crecimiento de nuevos barrios, que fueron englobados en un nuevo recinto de murallas con torres defensivas y cinco portales de entrada.
La presencia cercana del catarismo conllevó la fundación del convento de los frailes predicadores de Santo Domingo en 1273, en los extramuros. Posteriormente, el peligro en caso de guerra, el descenso de población provocada por la peste negra y un gran incendio en el barrio Capdevila motivaron el traslado del convento al interior del recinto amurallado.
Esta delimitación, definida en el siglo XIV, marcó los límites de la ciudad hasta el siglo XIX.
LA LÁPIDA DE LOS ALTARRIBA
El crecimiento de población se acompañó de la creación de una nueva clase social burguesa encabezada por carniceros y mercaderes, además de canónigos y otros eclesiásticos. Asimismo, con estas élites urbanas aparecieron nuevos profesionales, como abogados, notarios y médicos, y una notable comunidad judía, que en 1391 inició las obras de una nueva sinagoga.
La lápida de los Altarriba, una familia de abogados y notarios del siglo XIV procedente del antiguo convento de los predicadores, es un ejemplo de las prácticas funerarias de ese momento. La existencia de diferentes cementerios y tumbas de características diversas son el reflejo del estatus social.
LIBRO USANCES, PRIVILEGIS I INMUNITATS DE LA CIUTAT D’URGELL
Las nuevas clases sociales urbanas se dotaron de un sistema de gobierno para regir el municipio: el consulado, formado por cuatro cónsules documentados ya a finales del siglo XIII. Los conflictos de competencias entre el municipio y los representantes del señor hicieron necesaria la regulación de las respectivas atribuciones. En 1430, la sentencia arbitral del cardenal Pedro de Foix ordenó el equilibrio entre consulado y obispo.
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LA MAZA DEL CONSULADO
La Maza, símbolo del poder municipal, era portada por el macero, que abría paso y custodiaba la corporación en las ceremonias importantes. Se trata de una pieza de plata formada por un mango cuadrangular y una cabeza en la que se concentran los ornamentos. En los cuatro laterales de la cabeza figura la fecha de 1621, que es cuando se rehízo. El extremo está decorado con una imagen de Santa María sentada, que es la patrona y protectora de la ciudad.
Para saber más: en 1523, el platero Llorenç Boquet rehízo la maza de plata del Consulado, que ya encontramos documentada en el siglo anterior. La que se conserva actualmente lleva la fecha de 1621, y sabemos que en 1643 se hizo la imagen de plata de la virgen que la corona.
La maza recibe asimismo el nombre de «porra» o «verga». La persona encargada de ella tenía la obligación de servir a los cónsules y acompañarlos en la iglesia y en otras funciones necesarias, llevando el vestido y la maza de la ciudad.
EL MAGISTER CAPELLAE
Durante el siglo XVI la frontera empezó a condicionar cada vez más la vida de la ciudad. Las guerras de religión en Francia, junto con las facciones de los bandoleros nyerros (de Nyer, en el Conflent) y cadells (de Arsèguel, muy cerca de la Seu) provocaron una gran inestabilidad. Felipe II, alarmado por la presencia de los protestantes cerca de la ciudad, autorizó la construcción de un seminario para reforzar la formación del clero. Poco después se fundó el convento de San Andrés de los jesuitas, que también se dedicaba a la enseñanza superior. Durante aquellos años se construyeron también otras iglesias, como la de la Piedad (en el claustro de la catedral), y la de San Agustín (en la partida de Soldevila).
Uno de los personajes más singulares de este período fue Joan Brudieu, músico occitano que llegó a la Seu en 1538 y del que se conserva una colección de madrigales y una magnífica misa de réquiem.
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CASTELLCIUTAT, UNA FORTALEZA MODERNA
A partir de ese momento, las invasiones francesas fueron constantes. En 1691 ocuparon la ciudad después de un breve asedio. Este hecho provocó la refortificación del antiguo castillo vizcondal de Castellciutat, que se convirtió en un equipamiento militar moderno, con nuevas fortificaciones periféricas, como la Torre de Solsona y la Ciudadela, que mantuvieron la presencia militar hasta finales del siglo XX.
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EL ESCUDO DE ARMAS DE ESPAÑA DE FELIPE IV
Nos encontramos ante la pintura al óleo del Escudo de armas de España de Felipe IV, del siglo XVII. La implantación de las monarquías absolutas y las conquistas coloniales supusieron la creación de grandes imperios de alcance mundial. Por su parte, el Urgellet, en la frontera de las monarquías de España y Francia, sufrió las guerras entre ambas potencias.
EL RETRATO ECUESTRE DE CARLOS II
Cuando Carlos II, hijo de Felipe IV, murió sin descendencia en 1700, se originó un conflicto dinástico entre el borbón Felipe V y el archiduque Carlos de Austria por el trono de España. El conflicto desembocó en un conflicto internacional, la guerra de sucesión, que afectó gravemente a la Seu d’Urgell y a las principales ciudades de Cataluña.
Este retrato ecuestre de Carlos II, de la segunda mitad del siglo XVI, es una de las pinturas al óleo de diferentes copias conservadas de un original perdido atribuido a Sebastián de Herrera Barnuevo, pintor de cámara entre 1667 y 1671, que recuerda a las obras firmadas por Velázquez. Es evidente el tono propagandístico de la imagen, enérgica y noble, en clara contradicción con la naturaleza enfermiza del monarca, que apenas podía sostenerse en pie.
Para saber más: Carlos II de Habsburgo (1665 – 1700) fue el último monarca de la dinastía de los Austria. Personaje enfermizo conocido como el Hechizado, su reinado se caracterizó por los enfrentamientos con el rey francés Luis XIV y la política neoforalista basada en el mantenimiento de los fueros de cada uno de los territorios que configuraban la monarquía hispánica, pero con más control real.
No logró descendencia directa con ninguna de las dos esposas que tuvo, María Luisa de Orleans y Mariana del Palatinado. Finalmente, la decisión de Carlos II fue nombrar a Felipe de Anjou para el trono español. Así, el 1 de noviembre de 1700 murió Carlos II, hecho que generó una serie de conflictos entre pretendientes a la corona que desencadenaron en la guerra de sucesión entre los partidarios de Felipe de Borbón y los de Carlos de Austria.
En la Seu d’Urgell se levantó un monumento funerario diseñado por Ot Palol dentro de la catedral de Santa María, en el crucero, bajo el cimborrio, con motivo de la muerte del monarca, con profusión de pinturas de calaveras y huesos nacarados, ninfas, cadáveres de leones y alegorías de las cuatro partes del mundo. Un conjunto funerario que tendría un aspecto retórico, majestuoso y fantasmagórico, de estilo barroco, con la intención de presentar públicamente el vínculo directo que unía la corporación consular con el monarca.
LOS RETRATOS REALES
El final de la guerra de sucesión, tras la caída de Castellciutat el 28 de septiembre de 1713 y de Barcelona el 11 de septiembre en 1714, supuso el ascenso al trono de Felipe de Anjou, conocido como Felipe V de Borbón.
En esta serie de retratos ovales identificamos, de derecha a izquierda, a Felipe V e Isabel de Farnese; Carlos III haría pareja con María Amalia de Sajonia (perdido) y María Luisa de Parma con Carlos IV (perdido). Estos cuadros son de una calidad artística discreta. La mayoría son réplicas o copias de los retratos oficiales que los pintores de la corte realizaban al natural de los monarcas y que se difundían por todo el reino.
Para saber más: los retratos reales que se exponen en esta sala tenían una función representativa y política. Para garantizar un dominio efectivo y psicológico sobre la población, era necesario la omnipresencia del soberano en las ciudades y villas de su reino. Dado que físicamente esto era imposible, se utilizaba un recurso simbólico: el retrato. Una imagen que era el «alter ego» del rey, hasta el punto de que dañarla suponía un crimen contra su majestad penado con la muerte. La documentación certifica que, al menos desde el año 1621, la Ciudad de Urgell fue adquiriendo los sucesivos retratos de las parejas reales reinantes, con contadas excepciones. Las imágenes de los soberanos presidieron la sala de plenos del Ayuntamiento de la ciudad hasta que en 2011 fueron trasladadas al Espai Ermengol, el museo de la ciudad.
La guerra de sucesión puso a prueba las nuevas fortificaciones. El célebre general Moragues fue gobernador del castillo durante los años de la guerra. En la Seu hubo dirigentes austracistas significativos, como Lorenzo Tomás y Costa y Francisco Sillar, que tuvieron que exiliarse a Viena tras la victoria de Felipe V.
Con el Decreto de Nueva Planta se reformuló la estructura política municipal, aunque los cargos dirigentes continuaron siendo ocupados, en parte, por la antigua élite local. A pesar de ello, un ataque de los ejércitos franceses, dirigidos por el duque de Berwick, hizo que en 1719 la Seu recuperara, por poco tiempo, el antiguo sistema político del consulado.
A finales del siglo XVIII la Seu vivió muy de cerca el clima de inseguridad provocado por los ejércitos franceses, en los inicios de la Guerra Grande. En 1794, las tropas del general Dagoberto ocuparon y saquearon la ciudad, que había sido abandonada por sus habitantes. La repentina muerte del general francés obligó a los ocupantes a abandonar la ciudad. Durante la Guerra de la Independencia, la Seu y las fortificaciones militares que la rodeaban se convirtieron en uno de los puntos fuertes de resistencia. La fuerzas de Napoleón nunca llegaron a ocuparlas. La capitalidad del corregimiento de Puigcerdà —que sí había caído en manos de los franceses— fue trasladada a la Seu.
LAS TENSIONES ENTRE LOS MODELOS POLÍTICOS
Los siglos XIX y XX se caracterizan por las tensiones entre diferentes modelos políticos. Al final del Antiguo Régimen se inició un período de desestabilización que generó varias guerras civiles en el país. En 1822 se proclamó en la Seu la llamada regencia absolutista de Urgell, que se oponía a las constituciones liberales. La ciudad fue ocupada por un ejército guerrillero que proclamó rey absoluto a Fernando VII. El general liberal Espoz y Mina reconquistó la ciudad y puso fin a la Regencia y a sus miembros, que se vieron obligados a huir a Francia.
Estas tensiones desencadenaron tres guerras civiles a lo largo del siglo XIX, conocidas como guerras carlistas, entre los defensores de la causa absolutista y los partidarios de un nuevo modelo de estado liberal.
Durante la tercera guerra carlista (1872-1876), el ejército carlista, junto con su vicario general castrense, el obispo de Urgell, Josep Caixal, ocupó las fortificaciones de Castellciutat en agosto de 1874. Un año más tarde, el general liberal Arsenio Martínez Campos asedió las fortificaciones hasta su rendición. El obispo Caixal murió en el exilio.
El período de la restauración generó, a partir de 1875, una cierta estabilidad política hasta que, en 1923, se implantó la dictadura de Primo de Rivera. Con las elecciones municipales de 1931 se proclama la Segunda República española, durante la cual se creó en la ciudad el Instituto de Enseñanza Secundaria. El fracaso del golpe de Estado militar del 18 de julio de 1936 dio lugar a la guerra civil. Durante el conflicto, especialmente en los primeros y últimos meses, 49 vecinos de la ciudad murieron por la represión en la retaguardia. Posteriormente, la entrada de las tropas franquistas el 5 de febrero de 1939 fue precedida por el exilio de decenas de personas, entre las que se encontraba Enric Canturri, primer alcalde republicano de la ciudad.
La dictadura del general Franco, tras un período de racionamiento y autarquía, vivió una etapa de crecimiento económico a partir de la década de los 50, durante la cual la Seu d’Urgell aumenta notablemente de población. Con la muerte del dictador, en 1975, el Estado comenzó una transición hacia la etapa democrática. Las primeras elecciones municipales democráticas se celebraron en 1979.
Estos constantes cambios políticos se reflejan simbólicamente en los sucesivos cambios de nombre de las calles de la ciudad, que alternan la lengua catalana y española, así como los personajes y referentes más afines al régimen político de cada momento.
Para saber más: el 14 de abril de 1931, el Ayuntamiento de la Seu d’Urgell proclamaba, espoleado por la población urgeliense concentrada en la actual Plaça dels Oms, el inicio de la Segunda República: «Llegó a las casas consistoriales el pueblo en masa, en manifestación pacífica, imponente por el número y orden el más perfecto, dando vivas a la República».
A nivel cultural y lingüístico, cabe destacar en aquellos años la normalización del uso del catalán, que era utilizado en los plenos municipales y en el nuevo nomenclátor de las calles de la ciudad.
Las innovaciones de la Segunda República se verían repentinamente interrumpidas en 1936, con el estallido de la guerra civil española. Las primeras consecuencias del conflicto se harían notar muy pronto con la llegada de decenas de milicianos foráneos a la comarca y una fuerte represión que provocó como mínimo 88 muertos en el Alt Urgell, la gran mayoría entre el verano y el otoño de 1936.
Durante la guerra, las colectivizaciones y municipalizaciones estuvieron a la orden del día, al tiempo que varios edificios religiosos tuvieron nuevas funciones nunca vistas hasta entonces: el convento de La Punxa pasó a ser la sede central de los milicianos de la CNT-FAI residentes en la ciudad, mientras que la Catedral tuvo múltiples usos, desde prisión a centro de acogida de refugiados. No en vano, entre 1937 y 1938, la Seu, una ciudad que no llegaba a los 4500 habitantes, acogió más de 500 refugiados procedentes de zonas de la Segunda República ya ocupadas por el ejército rebelde.
En la ciudad, la guerra llegó a su fin el 5 de febrero de 1939, cuando las tropas golpistas ocuparon la Seu d’Urgell. Ese día se iniciaron casi cuarenta años de dictadura.
La represión franquista empezó tan pronto como sus tropas se instalaron en la comarca y coparon sus posiciones de poder. Muchos de ellos nunca pudieron volver a su ciudad natal. Los que optaron por quedarse se arriesgaron a ser juzgados arbitrariamente por los nuevos organismos judiciales franquistas.
Los primeros años de dictadura están marcados por una dura posguerra, con un racionamiento estricto que duró hasta el año 1953, y por el estallido de la segunda guerra mundial. Durante aquellos años de guerra, y debido a su situación geográfica, el Alt Urgell se convirtió en un enclave fundamental y un lugar de paso para decenas de aviadores aliados abatidos en el sur de Francia que buscaban reincorporarse al frente a través de Barcelona, así como para miles de perseguidos por el nazismo, muchos de ellos judíos, que buscaban escapar del terror a través de la cordillera pirenaica.
Pasados los primeros años del franquismo, y más allá de los maquis, la oposición popular a la dictadura empezó a crecer en la comarca. A finales de la década de los 50, y sobre todo en los 60, la comarca experimentó una etapa de crecimiento económico acompañado del nacimiento de nuevas asociaciones culturales que acabarían vertebrando la oposición comarcal al régimen, a la vez que fomentaban la recuperación y el uso del catalán en la esfera pública.
La muerte del dictador en 1975 representaría el inicio del proceso de recuperación del sistema democrático que, en abril de 1979, traería las primeras elecciones municipales democráticas desde 1936, esta vez con victoria de la coalición de izquierdas «Agrupació d’electores Redreçament i Progrés».
CAMBIOS Y APERTURA
El siglo XIX sentó las bases del gran cambio económico de la agricultura comarcal, con la puesta en circulación de tierras desamortizadas de los conventos y la creación de grandes canales de riego. La llegada de la filoxera en 1891 y la muerte de los viñedos fue el detonante para la transformación de los cultivos en prados de siega que permitían alimentar al ganado. Este hecho, junto con la apertura de la carretera en 1896, hizo posible la creación de las fábricas de derivados lácteos unos años después: la Cooperativa Lletera del Cadí en 1915 y Lleteries de la Seu d’Urgell en 1923. En esta época de crecimiento, la Seu d’Urgell se dota del plan de ensanche urbanístico diseñado por Joan Bergós en 1927, que pondría los cimientos del crecimiento de la ciudad hacia el oeste con el establecimiento de una malla ortogonal que, aunque con ciertas modificaciones, sigue aún vigente.
A partir de mediados del siglo XX, el despoblamiento progresivo de la comarca generó una notable concentración de población en la Seu d’Urgell, favorecida por diferentes actividades industriales y, cada vez más, por su consolidación como destino turístico, con la restauración de la catedral y la promoción del centro histórico. La ciudad contaba además con la presencia de dos colectivos numerosos y exclusivamente masculinos: las levas de soldados que hacían el servicio militar obligatorio en el cuartel militar y los alumnos del seminario diocesano.
AGUACEROS Y PARQUE OLÍMPICO DEL SEGRE
Los aguaceros de noviembre de 1982, además del impacto dramático por la pérdida de vidas humanas que supusieron y el descalabro económico, propiciaron la canalización del Segre, una aspiración centenaria y uno de los hitos de la Seu contemporánea: la construcción del parque del Segre y la participación de la ciudad en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 como subsede de la especialidad de aguas bravas.
URGELL Y LA SEU
Finalmente, Urgell y la Seu: estamos ante una ciudad milenaria, fruto de los hechos acontecidos y las generaciones que han vivido en ella desde hace siglos. El legado patrimonial de esta historia es lo que conforma la actual Seu d’Urgell.
Para visitar las siguientes exposiciones, al salir de la sala podéis subir a la 2.ª planta por el ascensor que encontraréis a la izquierda, o bien seguir recto y subir las escaleras hasta la 2.ª planta, donde encontraréis la exposición «El queso».

















































